Roma: ¿denuncia social o propuesta conservadora?

Roma ya estrenó en ciertas salas exclusivas a nivel mundial antes de su lanzamiento en el servicio de streaming de Netflix. Ha cosechado críticas mayoritariamente positivas, así como una buena aceptación por parte del público (latino en especial). Además fue ganadora del León de Oro. Por esto y más aquí te la comentamos.

Una apuesta más bien clásica 

Sentimientos encontrados con «Roma» de Alfonso Cuarón. La primera vez que la vi me maravilló su despliegue técnico. La hermosa fotografía a blanco y negro, los planos generales acompañados por paneos y travellings que descubren grandes escenas coreografiadas al milímetro, la mezcla de sonido que crea una atmósfera de sonidos cotidianos, y un largo etc. Sin embargo, luego de una segunda vista, tanta exaltación estética comenzó a perder peso. Escarbando encontré en la historia de Cleo —en su relación con la familia y su destino— una especie de romantización a la servidumbre que me dejó intranquilo.

«Roma» es la historia de Cleo, una sirvienta de origen mixteca que trabaja para una familia de clase acomodada. Yalitza Aparicio, una actriz no profesional (también de origen mixteca), la interpreta. Su actuación es contenida, su cuerpo se mueve temeroso y sumiso dentro de una casa a la que ya debería estar acostumbrada. Dentro de esta encuentra pequeños espacios de paz designados para ella. Pero ella no pertenece dentro de la casa y lo sabe.

El amor que siente la familia por Cleo, y viceversa, es sincero, pero también es paternalista y no elimina las relaciones de poder desiguales existentes entre ellos. En un inicio parecía que la intención de Cuarón era la de denunciar la dominación silenciosa que se oculta detrás del cariño en este tipo de familias (a las que él ha pertenecido). He ahí la escena de la televisión cuando la familia mira un programa sentada en sus sillones, mientras que Cleo se arrodilla en un cojín en el piso junto a ellos. Uno de los niños le pone la mano encima, ella le agarra la mano y devuelve el afecto, pero después es mandada a la cocina por un encargo.

Sin embargo, esta representación de Cleo como una mascota, querida pero mascota, deja de parecer intencional. La voluntad de denuncia desaparece y se normaliza —hasta romantiza— la situación de servidumbre. En especial porque la relación entre Cleo y la familia no varía, a pesar de todos los puntos de inflexión que podrían servir para generar un cambio. Incluso, en la última toma, se beatifica a Cleo en su ascenso a los cielos como premio por aguantar todo el sufrimiento presentado. No importa si salva la vida a dos niños, igual tiene que regresar al lugar al que pertenece, la cocina, a preparar batidos y aprender a ser feliz con ello.

Este discurso cobra más sentido cuando uno empieza a leer la lógica de la película bajo las reglas del melodrama. Las coincidencias dignas de una pausa comercial —como cuando Cleo se encuentra con Fermín por última vez—, el entusiasmo con el que se promueve los dramas familiares y la manera en que se resaltan roles tradicionales como el de la madre —o la madre por ser— como un personaje que sufre varias desdichas, pero que resiste estoicamente hasta el final sin perder su santidad.

Cuarón vuelve a mostrar su talento en Roma a la hora de filmar escenas largas que involucran coreografías complejas. Foto: IMDB.

Una técnica con oficio 

«Roma» está narrada desde el punto de vista de la memoria idealizada de un niño —de Cuarón, quien recrea con añoranza una infancia similar a la que tuvo, pero sobredimensionada para la pantalla grande. He ahí la constante presencia de niños jugando por la casa o las salidas al cine «Las Américas» para ver «Perdidos en el espacio» y los carteles de México 70. Nostalgia para quienes comparten la edad del director.

El interés de Cuarón está centrado en los vínculos emocionales que sus personajes desarrollan, no en mostrar una mirada del pasado que pueda hacer eco con problemas sociales del presente. A Cleo se le puede romper la fuente en medio de una masacre, pero esta no representa mayor importancia para ella, es solo una casualidad. Otra más. La desigualdad es un paisaje, no una postura política.

En ese sentido, toda pretensión (neo)realista pierde peso, entre otras cosas, por la presencia de situaciones con cierto grado de inverosimilitud, como la de la banda militar que toca cuando el padre se va de la casa —como si fuese la despedida de un soldado— y la impostada escena del incendio del bosque.

Lo que uno puede llevarse de «Roma» es un despliegue técnico soberbio. Uno está frente al trabajo de un director con oficio que aprovecha su experiencia para ofrecer grandes aciertos. Por ejemplo: la escena del parto, en la que utiliza la profundidad de campos para crear una escena en la que dos acciones correlacionadas pueden suceder a la vez, de manera fluida, de inicio a fin, sin la necesidad de cortes o un montaje paralelo que romperían con el desarrollo emocional del momento. Cuarón ama las tomas largas, eso se ve en sus trabajos previos, y aquí demuestra que ya ha dominado la técnica.

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Roma ha brindado un espacio de representación al grupo mixteca dentro del mundo cinematográfico (lo cual en sí ya es importante), pero repitiendo un discurso de sumisión y de felicidad dentro y a pesar de dicha sumisión. No obstante, va a ser difícil que ello le cueste puntos para la temporada de premios que viene. La importancia está donde uno pone el «pero».

No es lo mismo decir: Sí, Cleo pertenece a la servidumbre, pero la familia la ama a decir: Sí, la familia ama a Cleo, pero pertenece a la servidumbre. ¿Podemos decir entonces que Roma romantiza la servidumbre, pero está bien filmada también? ¿Dónde pone los peros usted?

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