«Exhumación»: nuestra verdadera identidad al descubierto

Dos actores danzantes atraviesan un ritual para reconocer lo que significa ser hombre en el Perú de la actualidad. Con mística y simbolismo, esta obra nos muestra y enfrenta a nuestra propia identidad como ciudadanos en nuestra sociedad.

Se abren las puertas del teatro. Dos danzantes, adornados con bellos atuendos folklóricos, se acercan al público que ingresa para ofrecerles una ración de «calientito». Cada uno toma su parte. Cada uno, ahora, forma parte también. Es bueno prepararse (si no es mentalmente, un brebaje nativo bastará) para un ritual diseñado para hurgar en lo más profundo de nuestros conceptos y preceptos. Y exhumarlos. Revelarlos. Dejar al descubierto que somos la tumba de nuestra propia libertad.

Así inicia Exhumación, una creación colectiva dirigida por el maestro Miguel Rubio en la que dialogan la danza guerrera de los Shapish, originaria de Huancayo, y la condición de «hombres» de los actores danzantes. En este proceso surgen cuestiones que tienen que ver con la masculinidad, la religión y la relación entre lo pagano y lo sagrado, dualidad que persiste aún en nuestras costumbres y que conforman una viva contradicción de la cual la sociedad se resiste a escapar, por más que sus consecuencias le afecten directamente.

El montaje no escatima en la utilización de recursos visuales intensamente confrontadores. Un reto directo a un público que representa aquello mismo que ahora ve en escena y que ahora está obligado a reconocer.

Exhumación, obra del gran maestro Miguel Rubio.
Exhumación, obra del gran maestro Miguel Rubio.

A mayor riesgo es necesario un mayor atrevimiento para vencer el obstáculo. Es por eso que de principio a fin, Ricardo Delgado y Augusto Montero se atreven a poner sobre la mesa su propia experiencia como hombres en el Perú durante la transición del siglo XX al siglo XXI, y a desarticularla en medio de una historia de libre interpretación, para así desmenuzar el concepto de sus propias identidades y todos los conceptos que se desprenden de ellas.

Es una experiencia catártica que se traslada al espectador y lo conmina a reconocer su responsabilidad en la construcción y continuidad de dichos conceptos, pero también a ejercer su propia determinación para romper con ellos y, de esta manera, exhumarse a sí mismos, a sus verdaderas identidades. El alma es libre cuando se le reconoce como tal, como lo que es, y en medio de un contexto que nos fuerza a sepultarla para funcionar en sociedad, reconocerse es un acto de protesta y valentía.

Y este montaje, un acto de protesta contra la sociedad que lo creó, es el resultado del intenso deseo de liberarnos y vivir genuinamente en armonía con aquel que es diferente a uno mismo. Queda agradecer al Colectivo Angeldemonio por atreverse a hurgar en la miseria, por meter el dedo en la llaga para que abramos los ojos y nos demos cuenta, por fin, de que algo nos duele. Y lo más probable es que sea el alma.

El dato

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