«La monja»: el terror sin efecto que se ve llegar

«La monja», dirigida por Corin Hardy, es la más reciente entrega de la saga de películas de terror de «El conjuro» que se inició en el 2013 con su homónima, dirigida por James Wan. Dicha saga ya tiene cinco películas estrenadas y aún se esperan más, con lo que apuntan a crear el universo cinematográfico más grande de los últimos años en este género. Nosotros ya la vimos y aquí la comentamos.

Códigos dispersos y falta de unidad

«La monja» es una película con sustos anunciados y sorpresas intranscendentes. Destaca, por momentos, gracias a la fotografía y la dirección de arte que logran crear una genuina atmósfera sobrecogedora pero que, lamentablemente, queda desaprovechada debido a la ausencia de riesgos y creatividad. Si a esto le sumamos la presencia de elementos que pertenecen más a una película de acción o aventura sobrenatural que a una película de terror y posesiones, tenemos como resultado una propuesta con una tonalidad desbalanceada, que decepciona.

La premisa con la que inicia nos remonta a aquellas clásicas películas de terror en las que los personajes viajan a investigar una locación que tiene una reputación tenebrosa, ingresando a esta a investigar para luego quedar atrapados hasta nuevo aviso. En este caso, la visita se hace a una abadía ubicada en Rumanía en la década de los cincuenta, donde una joven monja se había suicidado recientemente. El padre Burke y la novicia Irene fueron enviados a investigar si es que dicho lugar ya no era un «terreno santo» para la Iglesia.

Premisa similar vimos en la película «Mother Joan of the Angels» (1961) de Jerzy Kawalerowicz, en la que un sacerdote es enviado a tratar con un grupo de monjas poseídas luego de que una muerte violenta ocurriese al interior de su convento. Pero mientras la película de Kawalerowicz desarrolla una línea clara sobre la represión sexual disfrazada y reforzada por la historia de posesiones demoniacas, «La Monja» apunta a varios blancos y no le atina a ninguno. Es una historia de posesiones, de psíquicos, de fantasmas, de alucinaciones, de aventura y, hasta por momentos, de comedia involuntaria.

En el camino aparece Franchute que, a pesar de ser el personaje más atractivo que la película ofrece, desencaja con el resto de la puesta en escena. Este es un personaje que nos recuerda al Brendan Fraser de las películas de «La Momia» (1999) ya que se mueve entre el código de la comedia y la aventura, por lo que no permite tomarlo del todo en serio.

En una película de acción sobrenatural para toda la familia dicho personaje sentaría bien, pero aquí —aunque resalta— le resta unidad a la propuesta. Por su parte, el padre Bruke debe ser el exorcista más incompetente que se haya visto y los poderes de Irene solo sirven para un plot twist que no aporta en nada.

A Irene le dicen que solo se salvará si no deja rezar y ella así  lo cree. (Fuente: IMDB)

Recursos baratos y actos de fe

Quizá lo más decepcionante de «La monja» descansa en los momentos en los que intenta generar sustos baratos basados en ejercicios con el espacio en off del encuadre. Un personaje se queda solo, un sonido fuera del encuadre llama su atención y este decide ir a ver de qué se trata. Luego hay un corte o un movimiento de cámara que nos lleva a un segundo encuadre con el que esperaríamos «el susto» que, al final, no aparece, sino hasta el regreso al primer encuadre establecido. La técnica más sencilla para generar un susto fácil ha sido tan utilizada y de tan mala manera que se vuelve inofensiva, grita que está viniendo y termina teniendo un efecto nulo.

Hoy en día son tantas las películas de terror que recurren al jumpscare y a esta técnica para sobresaltar al espectador que sería un tanto mezquino sacárselo en cara a esta. Pero el problema es que la película no innova más allá de esta técnica —que debería ser utilizada como un simple calentamiento previo al verdadero espectáculo de horror— y solo repite y repite lo mismo.

Ni siquiera aprovecha el recurso de manera creativa como lo hizo James Wan en «El conjuro» (¿recuerdan el aplauso que sale de las sombras, en el sótano?) cuando creaba espacios en off con la iluminación dentro del mismo encuadre, sin necesidad de cortes o movimientos.

Sin embargo, hay momentos más logrados, como aquel en el que se utiliza la oscuridad de las túnicas de las monjas para disfrazarlas como sombras y crear una ambivalencia, tanto en los personajes como los protagonistas, sobre la verdadera naturaleza de su presencia. Lamentablemente estos momentos no duran y desaparecen tan rápido como las apariciones que acechan a los protagonistas a la distancia.

Tal vez podría decirse que esta es una película que resalta la idea de la fe como la fortaleza necesaria para sobrevivir. Ahí encontramos la reiteración simbólica —hasta el cansancio— de las cruces: las que se voltean, las que se queman y las que sirven de salvación. Cuando Franchute roba una cruz del cementerio para sentirse más seguro y cuando la hermana Irene se aferra a un conjunto de cruces colgantes para no ser succionada por el mal, la idea queda lo suficientemente clara. Pero, por si aún quedan dudas, está la escena en la que se le dice explícitamente a Irene que la única manera de salvarse es rezando sin parar, sin importar lo que suceda. Aunque el mayor acto de fe es realizado por la audiencia, quien es retada por el guionista Gary Dauberman («It» y «Anabelle») a creer que todo se puede resolver encontrando una reliquia con la sangre de Cristo, como si esto se tratase de una mala parodia de «Indiana Jones».

«La monja» atraerá a quienes deseen continuar conociendo sobre el universo de «El conjuro» pero, salvo algunas pequeñas conexiones que pueden leerse en internet, no hay más que ofrecer. Podría ser buena si lo que buscan son sobresaltos previsibles con los que puedan empujar a su acompañante y luego reírse de ello.

Para mejores películas sobre monjas poseídas y conventos satánicos recomiendo ver la ya mencionada «Mother Joan of the Angels» (1961) de Jerzy Kawalerowicz, «The Devils» (1971) de Ken Russell y «Alucarda» (1978) de Juan López Moctezuma.

 

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