«Infiltrado del KKKlan»: Una comedia de denuncia política

Ganadora del Grand Prix en el Festival de Cannes de este año, llega a la cartelera limeña «Blackkklasman» o «Infiltrado del KKKlan», la más reciente película del director Spike Lee, que muestra una historia basada en hechos reales, a modo de relato político, con mezcla de policial y comedia. Nosotros ya la vimos y aquí te la comentamos.

Pesquisa y sátira

Esta es la historia de Ron Stallworth, un joven policía afroamericano que se une a la policía de Colorado Springs a finales de la década de los setenta. Es el primer oficial de ascendencia negra que ingresa a la policía que una vez ascendido a la división de inteligencia se traza un ambicioso y peligroso objetivo: infiltrarse en las filas locales de Klu Klux Klan para averiguar sus planes y proyectos turbios.

Por obvias razones, el color de piel de Ron es un gran problema para las reuniones cara a cara en el KKK, por lo que decide que, mientras él será el encargado de hablar por teléfono y ganarse la confianza de los miembros del KKK, su compañero Flip Zimmerman (un oficial judío interpretado por Adam Driver) hará de su doble de cuerpo cuando algún encuentro fuese pactado. Esta dinámica trazada lleva tanto a situaciones de genuino valor humorístico como a otras situaciones bastante tensas, inteligentemente reforzadas por el montaje.

La manera en la que Lee retrata a los supremacistas blancos en su película es tan hilarante como aterradora. Es graciosa cuando son satirizados al extremo en sus discursos y manías por la manera en la que Ron habla y finge ser uno de ellos, y es a su vez aterradora porque los racistas no ven la broma detrás de su caricatura en el discurso de Ron, se creen el mensaje y mueven la cabeza de arriba a abajo en señal de afirmación ante las atrocidades raciales que mencionaban.

Abordar un tema serio y de valor actual desde la burla puede ser contraproducente, puede quitarle importancia a los hechos y lograr que el mensaje se pierda, pero Spike Lee sabe manejar la tonalidad de la película de inicio a fin. Hay momentos sumamente solemnes y de gran fuerza que pueden afectar al espectador, que luego son suavizados por un comentario en tono cómico, justo en el momento adecuado, algo a lo que muchos blockbusters apuntan hoy en día y fallan.

Sin embargo, la línea de la investigación policial no termina por cerrar de manera contundente. Esa secuencia de persecución y explosión final no le hace justicia a las casi dos horas de tensión desarrolladas, en las que andábamos atentos a si el disfraz de alguno de los Rons sería descubierto. Pero se entiende y perdona, porque ese supuesto clímax no está pensado como el verdadero final de la película ni mucho menos como una secuencia para revelar las intenciones del director.

Toma inspirada en el clásico look del cine blackxplotation. Foto: MIC.
Actualidad y Hollywood racista

Hay una intención política clara en la película y Spike Lee no es nada tímido en mostrarla. Pero «Blackkklansman» no se detiene en la simple denuncia de las injusticias raciales y sus interseccionalidades, también hay espacio para trazar un paralelo con el clima político de los Estados Unidos actuales y para atacar a la industria cinematográfica americana en su rol como perpetuador de estereotipos raciales.

Los paralelos que se pretenden trazar quedan bastante claros con el final de la película al utilizar videos de archivo de marchas supremacistas actuales, un recurso que queda mejor para el discurso que el vergonzoso intento por hacer que el personaje de David Duke diga explícitamente: «make America great again».

Resulta aún más interesante la crítica al Hollywood que ha colaborado durante décadas a fortalecer los discursos de odio. Al inicio de «Blackkklansman», un supremacista blanco aparece dando un discurso racista frente a una proyección de «The Birth of a Nation» (1915) de D.W. Griffith. Tanto el ecran como el cuerpo del racista se vuelven lugares en los que se proyecta la película y desde donde se proyecta el odio racial: racismo y cine combinándose y actuando juntos. La película de Griffith es un clásico que aún se estudia en universidades y escuelas de cine alrededor del mundo, ha ganado prestigio, tanto académico como histórico, y Spike Lee aborrece este hecho. «¿Por qué esta propaganda racista continúa siendo valorada?», pareciera preguntarse de forma indignada.

En la mejor secuencia de la película, un montaje en paralelo que intercala tomas de una reunión del KKK con una de activistas afroamericanos, la película de Griffith es abordada de dos maneras distintas. Los primeros la miran entusiasmados, como niños que infantilmente gritan y alientan a los racistas encapuchados para que castiguen a los negros amotinados en la pantalla, mientras que en la reunión de los activistas afroamericanos, un viejo sobreviviente de los linchamientos sureños cuenta cómo la misma película inspiró a una turba de blancos, en la década los 10´s, a linchar y quemar a un joven afroamericano.

Spike Lee utiliza la película, también, para hacer un llamado al cine producido por la comunidad negra de Estados Unidos: el blaxplotation, una corriente de cine que —dirigida a la comunidad afroamericana de la década los setenta— solía presentar a proxenetas como los héroes de las películas. En la trama, Patrice, una inteligente activista afroamericana, se lo hace notar a Ron. La mala imagen de la comunidad negra no solo era promovida por el cine de blancos, sino por el de ellos también. Aunque, claro, salvando las distancias, Shaft nunca glorificó la violencia racial.

Spike Lee reconoce una crisis social en su país que debe ser abordada y crea esta película para hacerlo, para dar un discurso sobre cómo el racismo sistematizado ha llegado al discurso político de la administración de Trump —actualmente— y cómo este se perpetúa a través de las pantallas en lo que vemos a diario. Para ello se burla de los supremacistas blancos, los reduce a una grotesca hipérbole de odio paranoico y estúpido del cual podemos reírnos, al igual que lo hacen Ron y sus compañeros cuando llaman a David Duke. Pero el chiste queda ahí en la pantalla porque, aunque resulte difícil de creer, esos personajes actúan fuera de ella, en la realidad, y están dispuestos a plantar bombas y a atropellar a gente.

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