Hablemos del matrimonio en parejas LGTBIQ+

“Siempre habrá parejas homosexuales. Siempre existirán. Y no es nada justo que la gente que se casa y se divorcia a los tres segundos no quieran que otros disfruten de ello. Las leyes deben proteger a todo el mundo, no solo a unos pocos privilegiados que se sienten mejor que los demás porque están casados”. (Karl Lagerfeld)

Por: Marcelo Castillo

Carlos y Javier son gays, tienen 24 años y una relación de 5. A futuro, esperan poder casarse y formar una familia. Lamentablemente, para ver cumplir su sueño deben pasar alguna de las siguientes cosas: tendrán que viajar a otro país donde estas uniones son legalmente aceptadas, o esperar que nuestros legisladores decidan de una vez por todas legalizar el matrimonio igualitario.

Durante muchos años estuvo presente en debates mediáticos y fallidos proyectos de ley la discusión sobre el matrimonio igualitario. Algunos pretendieron avanzar de a pocos creando figuras como la unión civil, la unión de hecho homosexual o la atención mutua. Sin embargo, estos se han enfocado netamente en los fines patrimoniales de una unión, resultando en todos los casos, insuficientes.

¿En qué consisten estas figuras?

La unión civil no matrimonial se discutió en el Perú a raíz de un proyecto de ley presentado por el congresista Carlos Bruce en el 2014. De acuerdo con este proyecto, las parejas homosexuales tendrían, como compañeros civiles, la posibilidad de unirse bajo los mismos términos que una sociedad de gananciales, o bajo el régimen de separación de bienes.

Adicionalmente, tenían facultades médicas, seguridad social, nacionalidad, protección contra la violencia familiar, herencia en caso fallezca uno de los compañeros civiles. Es decir, el mismo trato que un pariente de primer grado. Esta opción no incluía la posibilidad de adoptar y en el DNI de las parejas, se consignaría que es un integrante de una unión civil no matrimonial (es decir, no figuraría el término “casado”). En estos términos, es similar a lo que hoy se conoce como unión de hecho.

Las críticas a estas iniciativas venían, en su mayoría, por grupos religiosos conservadores que consideraban que el término “matrimonio” está destinado a las parejas heterosexuales, por mandato bíblico. Quienes se oponen, sostienen que pueden reconocerse algunos “privilegios” únicamente en materia patrimonial sin tener que crear una nueva figura jurídica.  Pero matrimonio no significa unión heterosexual, ni fue siempre concebida por la Iglesia como tal, como veremos más adelante.

Si bien la unión civil no matrimonial no garantiza a cabalidad los derechos y libertades que deben tener las parejas homosexuales -por el simple hecho de ser personas-, representaba un avance significativo. Sin embargo, el Congreso bloqueó estas iniciativas, creando una figura de “atención mutua”, que permitía ciertos derechos patrimoniales y sucesorios, bajo la consigna que el matrimonio heterosexual es “único” e “irreemplazable”.

¿Y el matrimonio?

Por su parte, el matrimonio abarca la integridad de derechos que una pareja tiene, que incluye desde el aspecto patrimonial, hasta el personal y la capacidad de adopción.

¿Qué es y que no es el matrimonio?

Uno de los argumentos para oponerse al matrimonio igualitario es que la terminación “matrimonio” hace referencia a la unión religiosa entre un varón y una mujer. Sobre esto, es necesario precisar algunas cosas. La palabra “matrimonio” proviene del latín “matrimonium” cuyas palabras – “matrem” y “monium” significan “en calidad de madre”. Como contrapartida, “patrimonium” se relaciona a la calidad del padre y hace referencia a la capacidad de administrar los bienes de la casa. En latín, entonces, el matrimonio no significa la relación de dos personas heterosexuales. El términos correcto es “connubium” o “ius connubii” en caso del matrimonio legalmente reconocido, cuyo significado tenía implicancias reproductivas.

¿Por qué entonces se llamó luego matrimonio a la unión familiar? La razón es simple, antes se consideraba que la mujer tenía un rol más protagónico en las labores del hogar y en la crianza de los hijos.  Resulta, pues, anticuado señalar que la palabra matrimonio está patentada por la iglesia para usarse únicamente cuando ella quiera, y bajo sus términos. Sostener que matrimonio debe ser entendido como lo hacía la iglesia de antaño sería reconocer un modelo familiar basado únicamente en la reproducción, donde la madre se dedique enteramente a criar a los hijos y el padre administre el patrimonio, y en donde ambos estén impedidos de divorciarse. Sabemos que eso resulta absolutamente distante de nuestra realidad.

La institución legal del matrimonio en el marco del ordenamiento peruano es, entonces, autónoma y separada del sacramento católico y de otros conceptos basados en principios e ideologías religiosas. Y aquellos que usen a la biblia como argumento para oponerse, habrá que recordarles que somos un Estado laico. Usar la Biblia como orden jurídico nos llevaría a aceptar figuras como la del Deuteronomio, en donde en caso de violación, el violador debía pagar una indemnización y casarse con la víctima.

Actualmente en nuestro país no es posible señalar que exista una forma válida de respeto a los derechos de la comunidad LGTB, ni que haya disposición normativa alguna que faculte a una pareja LGTB a gozar de las mismas atribuciones que una heterosexual. Hace unos años, una pareja homosexual registró una vivienda de manera conjunta, y SUNARP la inscribió como tal. Esto no significó un patrimonio común de pareja, sino asignar una propiedad común. En derecho, se denomina copropiedad, y se origina cuando dos o más personas comparten la titularidad de un determinado predio, como por ejemplo los hijos que reciben la herencia de sus padres.

En conclusión, matrimonio igualitario no se trata de privilegios, ni de generosidad, ni empatía ni solidaridad. El matrimonio igualitario se trata de humanidad y de igualdad de derechos que ni siquiera tendrían que ser exigidos. El Estado no le hace un favor a la comunidad LGTB al reconocer el matrimonio igualitario y el ideal es que no otorgue derecho a medias, sino que cumpla su rol garantista de derechos humanos. Nos corresponde, frente a la desidia y la indiferencia de algunos de nuestros gobernantes, seguir luchando, no porque puede ser tu hermano o tu hijo, sino porque antes que todo, estamos hablando de personas que como tú quieren vivir libremente con los mismos derechos y deberes.

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