El trabajo de nuestra generación

“Ya no somos más la generación de estudiantes que solo escuchan sin refutar. En diversas formas, la juventud hoy en día es símbolo de fuerza, de unión y de esperanza”.

En los últimos días, el Congreso nuevamente causó polémica y fue blanco de críticas por aprobar -y posteriormente retirar- un Proyecto de Ley presentado por la congresista fujimorista Rosa Bartra. Mediante este, se creaba una nueva modalidad de trabajo, a través de la cual, los estudiantes que se encuentren en Institutos Superiores podrían trabajar en diversas empresas, u otras instituciones, de forma gratuita por un máximo de 448 horas.

En su justificación, la iniciativa congresal señala que existe una disparidad y prejuicio entre lo que significa una carrera universitaria y una técnica. Por ello, se propone presentar a estos últimos como una forma atractiva para el mercado laboral. No obstante, resulta contradictorio que en el afán de eliminar el prejuicio a la ‘inferioridad’ de una carrera técnica respecto a una universitaria, se pretenda hacer trabajar a los alumnos de carreras técnicas, de forma gratuita, cuando la remuneración para los universitarios es obligatoria.

El proyecto, entre sus muchos errores, parte de una premisa equivocada: el total del tiempo será de formación. Esto es un error porque los alumnos de institutos no entran a la empresa con conocimientos nulos. La naturaleza y el objetivo de la modalidad de formación laboral -en institutos y universidades- es complementar y consolidar los conocimientos adquiridos en el centro de estudio, no reemplazarlos. Asimismo, los alumnos que cumplirían con estas labores efectivamente tendrán un periodo de instrucción, luego del cual serán mano de obra para la empresa o institución. A partir de ese momento, el alumno produce y el empleador, lucra.

Es importante que los egresados, tanto de universidades como de institutos, sean altamente competitivos en un mercado laboral cada vez más selectivo. También es importante que la educación impartida en los centros educativos sea integral, equilibrando la enseñanza teórica con la experiencia práctica. Sin embargo, no resulta razonable, por más voluntaria que sea, que los jóvenes presten su tiempo, conocimientos y mano de obra bajo la excusa de “formarse para el futuro”, sin recibir una justa contraprestación y que además, otra persona reciba ganancias por la labor ajena. Por ello, no es la solución exonerar a los empleadores de la obligación de pagar por trabajo efectivo, sino incentivarlos a la contratación de estudiantes técnicos. Un incentivo constantemente utilizado se da a través de beneficios tributarios, reduciendo por ejemplo, el Impuesto a la Renta que las empresas pagan al Estado anualmente.

Ahora bien, el fracaso de este controversial proyecto -al menos por el momento-, se debe a un factor cada vez más presente: el rol activo de la población y sobretodo de los jóvenes. Desde que explotó el escándalo, el Congreso ha sentido el rechazo masivo de diversos sectores, y los protagonistas nuevamente de esta voz de reclamo fueron los jóvenes. Esto no fue solo porque son los directamente afectados, sino que ya es tendencia que frente a ciertas injusticias cometidas por nuestras autoridades, sean estos mismos -mayormente estudiantes- los que se hagan oír su voz. No nos referimos aquí únicamente a la protesta, sino a todos los espacios, por más pequeños que fuesen, que les permitan expresarse de forma libre.

Ya no somos más la generación de estudiantes que solo escuchan sin refutar. En diversas formas, la juventud hoy en día es símbolo de fuerza, de unión y de esperanza. Nos hicimos más sensibles frente a injusticias de todo tipo: ambientales, sociales, culturales, políticas, de género e igualdad, y un largo etcétera; porque desarrollamos, como dijo Rosa María Palacios, la capacidad de indignarnos, pero también de actuar. Es deber de cada uno de nosotros fomentar estas capacidades para evitar que se atropelle, no sólo nuestros derechos, sino nuestra dignidad como personas, con todo lo que ello implica.

 

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