Adriana Iraola y su caja mágica, una historia en una singularidad

Un día en Callao Monumental es absorber muchas piezas de arte y muchos artistas en acción. Junto a Adriana Iraola fue una experiencia en donde descubrí que se puede vivir jugando.

A lo lejos Adriana se acerca y esboza una sonrisa mientras monta su scooter. Nos encontramos en El Ejército con La Brasil para ir juntas hacia Callao Monumental.

Esperamos al micro verde que nos lleva hasta Dos de Mayo, a tres cuadras del recinto artístico del Callao, muy similar al estilo de Wynwood en Miami o SoHo en Nueva York.

Adriana Iraola tiene 29 y es una artista independiente que siempre ha encontrado la forma de hacer valer su arte para vivir de él. Para ella, se puede vivir jugando.

En el micro conversamos un poco de todo, sobre el matrimonio, el censo, la homosexualidad, Grecia y Roma, la iglesia, los gatos, Egipto, las guerras, las costumbres, sobre lo que somos y dejamos de ser. Es hora de bajar. Ya se siente el Callao -me dice-, mientras de fondo un cliché musical nos acompaña, Héctor Lavoe con Juanito Alimaña.

Cuando uno se va acercando a Callao Monumental, es inevitable sentir la gran diferencia entre el barrio y las galerías. Hay un choque abismal entre la vida misma y la que se propone implementar a través del arte. Lo cierto es que caminamos por calles a las que de no ser por Fugaz, el proyecto bandera de Callao Monumental, podría estar pasando una balacera y la venta masiva de drogas, lo que es muy popular por la zona.

Cuando le pregunto a Adriana sobre la gentrificación, se toma un momento para pensar. Luego responde audaz.

“Cuando estoy con los niños y jugamos y creamos, cuando los veo en los talleres recuerdo que podrían estar en esos precisos instantes en contextos de violencia, con padres que roban o son sicarios, expuestos a tanto y pienso, estoy haciendo bien, estoy creando conciencia o sembrando algo en sus corazones y es gracias a este espacio, que puede tener muchas críticas y mucho detrás, pero para mí y desde mi lugar es algo especial.”

21 artistas en total exponiendo, unos del barrio y otros de diversas partes de Lima conforman este pequeño y nuevo núcleo cultural rodeado de galerías, cafés, tiendas de arte, de ropa, balcones coloniales, edificios antiguos recuperados, espacios repletos de arte y más arte, en cada rincón.

Adriana, como si estuviese en casa, me muestra cada momento y cada lugar. Los talleres, los artistas, cuadros que brillan en la oscuridad, retratos, papel, origami, un artista, otro artista pero esta vez cubano. Camina con pasos firmes sobre lo que hoy le permite seguir desarrollándose y hacer lo que más le llena: jugar, enseñar y expresarse a través de La caja mágica.

Una de las galerías que conforman el circuito artístico es la que le da espacio a exposiciones de arte de la selva. Esta vez están presentando el material de Lu.Cu.Ma, un reconocido artista tan intenso como el rojo vivo de sus pinturas. Adriana me cuenta que debe estar en su taller, a solo media cuadra de donde nos encontramos. Le pregunto si podemos visitarlo y accede.

Llegando al taller de Lu.Cu.Ma junto a Adriana.

Un hombre de peso y canas grises está sentado frente a un gran lienzo.

-Tío, ¿cómo le va, pintando? – le pregunto a Luis Cueva, más conocido como Lu.Cu.Ma.

– Aquí, chambeando, haciendo algo por la vida – responde y continúa -, ahí está Gil – y señala el cuadro enorme de fondo otra vez rojo, como la mayoría de sus pinturas, intensas, burdas, sangrientas, cargadas de historia, de su propia historia.

Aún no recuperado del homicidio que perpetró cuando niño, sonríe a medias cuando me muestra su pintura. Está trazando a Abimael Guzmán en un lienzo en el que yace el Che Guevara, Osama Bin Laden, Sadam Husein y Gil Shavit, dueño y creador de Callao Monumental. Aunque la pintura no será presentada en ninguno de los espacios de la galería por atentar contra la sensibilidad, como se lo han hecho saber a Lu.Cu.Ma, él no pierde la esperanza de venderlo por 8 mil luquitas gringas.

– Yo estaba haciendo esto para pagar dos años de local, pero está muy fuerte me han dicho, así que tendré que pintar otro para quedarme tranquilo. A Gil le gusta el Che, pero no Osama Bin Laden.

Lu.Cu.Ma sonríe frente a su última pintura.

– ¿Ya viste mi exposición? – Me pregunta, mientras se le acaba el aire por hablar mucho y sin detenerse.

– Claro tío, está muy buena, sobre todo por el local que escogió, queda muy bien con sus pinturas.

– ¿Y ya dejaste tu colaboración?

Acostumbrado a cobrarle a los periodistas que se le acercan y a toda persona que se interese por él me mira fijamente.

– No tío, mi cabello es por las puras, por eso no se deje llevar, he venido ajustada, estoy aguja, usted entenderá, la mayoría de periodistas somos pobres, – Le recalco, a ver si eso ayuda al próximo colega que se le acerque-.

Se ríe espantosamente y no deja de mirarme.

– ¿También pintas? – Me pregunta mientras sonríe más moderado.

– No, -le digo-, pero conocía sus pinturas desde hace mucho, me gustan.

Me mira y piensa.

– Te voy a enseñar lo que hice – y se va parando de su banquito hacia una repisa.

Adriana no ha parado de reírse por toda la situación.

Mientras saca una revista me cuenta que ha colaborado un cuadro para México y lo ha vendido por 3 mil dólares, y agrega que ha colaborado porque en realidad lo han vendido por 15 mil.

– Yo soy de Mendocita, la Victoria pero en la selva, en Iquitos me rehabilité, por eso pinto mucho de allá. En mis pinturas trato de agregar siempre a los justicieros -dice mientras señala a Marx y Mao-. Yo me he curado a través de la pintura y la biblia, pero aquí tengo la Constitución -agrega mientras saca sus dos tomos de la Constitución del Perú.

Nos despedimos de Lu.Cu.Ma, que tiene que seguir pintando y seguimos nuestro camino.

El sonido eco de las voces es parte de este instante y entre los pasillos de tinte antiguo y olor a clásico nos la pasamos caminando. En uno de los talleres Adriana guarda su Caja Mágica, ese pequeño cuadrado que es singularidad y una extensión de sí misma en una historia o cuento visual que muy calculadamente sabe narrar a través de sus manos.

Se coloca en el medio de la galería principal sobre un piso muy antiguo y me pide que me siente en un banquito que me hace tener los ojos frente al orificio de su caja. Me dice que me coloque unos audífonos y me da una única regla. Cuando escuche la música deberé acercarme a mirar por el orificio y por lo tanto, la historia.

– Esta es la segunda parte de una historia que inventé, la primera parte se llama Karma – Me dice mientras se ordena.

En Karma, Adriana contó la historia de un joven llamado Andrómeda, el cual estaba ensimismado, triste y perdido, pasaba un desaire y sus actitudes hacia la vida no eran las más positivas. En su segunda entrega cuenta el porqué, esa batalla interna que tenemos todos y que determina de alguna u otra manera nuestras acciones y cómo reaccionamos frente a los retos que nos pone la vida.

Mirar a través de la caja fue lo más cercano a estar dentro de un cuento de la infancia, aquellos que producían un placer absoluto antes de ir a descansar y que eran narrados mayormente por mamá. La luz y los colores se combinaban unos con otros frente a figuras geométricas que danzaban muy coordinadas mientras esbozaban una historia de desamor, de desencuentro y de nostalgia. La luna y el sol fueron otros elementos claves pero nuevamente era como estar muy cerca o dentro de ellos. Su nombre, la Caja Mágica, no le queda nada grande, dentro se puede ver pura magia. Una que es provocada por los movimientos sutiles de sus manos que generan una danza perfecta, una historia que se crea desde afuera pero hacia muy adentro.

Cuando he terminado, miro a mi alrededor y nos rodean cerca de 10 personas, quieren que Adriana también les cuente su historia.

Cada persona que ve por el orificio termina con una grata sensación.

A pesar de parecer un arte completamente novedoso y revolucionador, La caja mágica está inspirada en una técnica árabe del teatro que tiene alrededor de 800 años de antigüedad y es el primer referente o base de la televisión y el teatro.

¿Dónde aprendiste esto? 

Conocí a un muchacho que tenía un profundo interés en difundir este arte. Él me impulsó a que cree mi primera caja, estaba todo el tiempo atrás mío procurando que la haga, se mantuvo con una profunda emoción para que hiciera una historia y construyera mi propia caja.

Fue como un maestro

Sí, él fue quien me contactó con uno de los creadores de Microteatro, donde me presenté por primera vez. Ahí estuve por tres temporadas y gracias a mis presentaciones ahí pude llegar a Callao Monumental porque me vio una de las hijas de las gestoras del proyecto.

A la gente le gusta lo que ve 

Generalmente recibo mucha gratitud, mucha recompensa, me encanta ver sus caras luego de ver la presentación porque cada una es única pero solo con el siempre hecho de ver que tienen una reacción es muy bueno para mí. Yo trato de contarles secretos, de darles mensajes a través de una historia agradable.

¿Qué es para ti esta caja, que sensaciones evoca? 

Esa caja soy yo, es uno de mis juguetes favoritos.

Se siente mucho tu esencia cuando uno ve la historia, tanto de adentro como desde afuera. Cuando uno lo ve de adentro se siente que te están contando una historia muy personal. Y desde afuera puede verse la sensibilidad con la que mueves todos los elementos, ¿tú cuando estás haciendo la presentación frente a alguien cómo te hace sentir? En tanto estás mostrando algo muy personal. 

Depende de mi estado de ánimo y depende de la persona que esté frente a mí. Hay gente que me intimida mucho y me hace temblar y hay gente que me transmite tanto, pero en todos los casos siempre quiero hacerlo bien, yo trato de vivir la historia junto con ellos porque también es algo que me ha tocado vivir y que a muchos también, todos hemos vivido un desamor y muchos hemos tenido que aprender a soltar. No puedes coger algo con las manos llenas y en síntesis, eso para mí es esta caja.

Las manos de Adriana mueven cada detalle y van formando la historia.

Hay otro elemento interesante, esta valorización a la miniatura que haces a través de la caja porque el arte suele ser grande, la obra grande, el cuadro grande, la pantalla grande. 

Sí, yo desde niña siempre tuve un aprecio por lo pequeño, quizá por mi tamaño (risas) pero siempre estuve muy interesada en armar cosas y con materiales pequeños, como los legos. Alguna vez creé una caja fuerte con legos y había que abrirlo con una pieza que funcionaba como llave. Siempre me ha gustado crear sistemas, inventar con los materiales.

También le das mucho valor al juego, a una de las esencias de la niñez 

Creo que los mejores inventores de historias son los niños y ellos saben estos aspectos de la vida que olvidamos cuando crecemos, que lo valioso está en las pequeñas cosas, que lo visible está invisible solo que el sistema nos aleja de esa esencia, pero los niños siempre están jugando y creando, ocupando su tiempo en esos detalles que llenan el alma.

¿Crees que tu caja es eso? Sacar a los adultos de su rutina habitual e introducirlos al juego entorno a un historia

Lo que creo que hace la caja es poner a las personas en un mundo nuevo, un mundo diferente con mensajes que van por en esa lógica, en reflexionar.

¿Por qué nos olvidamos de jugar? 

Por el sistema, la educación que nos obliga a seguir un mismo patrón, a dejar de valorar el tiempo y pensar más en el dinero. Nos olvidamos de creer en nosotros mismos y seguimos un único sistema, una única manera de hacer las cosas cuando podemos hacer mucho desde nuestros talentos y ser felices. Cuando haces lo que te gusta buscar hacerlo mejor, porque es tu pasión y la gente valorará eso.

¿Esta es tu segunda caja, qué viene luego? 

Una tercera parte, seguiré explicando qué hay detrás de este joven y explorando más en su historia.

Tú vives del arte 

Sí, al comienzo nadie me creía, creían que no iba a poder, pero hasta ahora lo he logrado y soy feliz. He tenido que luchar incluso con mi propia familia pero es una batalla que he ganado y he demostrado que es posible vivir jugando, vivir tranquila, con y de mi arte.

Fin… Continuará.

 

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