Baby Driver: un clásico contemporáneo

La nueva cinta de Edgar Wright presenta a Baby (Ansel Elgort) un joven que está obligado a ser el conductor de escape para un criminal de las grandes ligas (Kevin Spacey). Baby encontrará tensiones éticas y se enamorará de una mesera que parece sacada de una película de los años 50. Lo más intenso surge de este romance y de la zona de riesgo en la que se encuentra: el mundo del crimen.

Por: Javier Vega y Tirso Vásquez

Supervivencia dentro de los universos extremos

Baby Driver construye un universo hiperbólico donde el protagonista debe buscar la forma de sobrevivir, un ejercicio que ya se ha hecho costumbre en la obra del director británico, pero que no se detiene en la mera supervivencia digna de los insípidos blockbusters de autos y robos a los cuales hace referencia.

Al Igual que en entregas previas como Shaun of the Dead (2004) y Scott Pilligrim vs The World (2010) dentro del caos y la adrenalina, aparece un conflicto bastante personal vinculado directamente a una relación sentimental. Baby se muestra preocupado por proteger a Deborah, quiere un futuro con ella, y está dispuesto a traicionar a matones, mafiosos y psicópatas para asegurarlo. El frenesí exacerbado de la persecución y el humor negro marcan el ritmo de esta historia de amor.  

Lily James y Ansel Elgort interpretando a Deborah y Baby

Colisión de mundos: contemporaneidad y clasicismo

No es la primera vez, y probablemente no vaya a ser la última, en que Wright utiliza los elementos y concepciones de géneros ya establecidos para parodiarlos.  

En Baby Driver, Wright recoge los códigos de franquicias como Fast and Furious y Ocean’s Eleven, pero los colisiona con la sustancia del Hollywood Clásico. Así, encontramos persecuciones y atracos que ponen en medio de la acción a un grupo de jóvenes que sienten que no pertenecen al lugar en el que se encuentran, cuya visión idealizada e incondicional del amor los llevará a tomar decisiones radicales, sin importar que se hayan conocido hace un par de semanas.

Estamos ante un pastiche cinematográfico de interés: copia formas, pero los redefine con la destreza del primer Quentin Tarantino.

Constantes en la técnica cinematográfica

Siguiendo la línea de la relectura, visión que comprime y fusiona tendencias, Wright aporta su cuota a la receta. El estilo que lo caracteriza permanece en Baby Driver, donde vemos las acciones con subtexto narradas a través del montaje, los primeros planos que ironizan y la constante presencia de la música. Sin embargo, las herramientas del director se encuentran dosificadas con un poco más de prudencia. La secuencia inicial es un derroche de habilidad técnica y, al mismo tiempo, una burla al efectismo al cine como mercancía de consumo.

El sonido de las balas acompaña el beat de la música, creando una atmósfera festiva que ayuda a dinamizar los enfrentamientos. Pero no se trata de un intento por subrayar los recursos estilísticos. Es la apuesta por una sinfonía narrativa. Baby Driver parece estar contada en el tiempo de una canción, lo cual queda ejemplificado en los desplazamientos coreográficos que emprenden nuestros personajes al ritmo de The Damned o de Queen.

Una variación: enfrentamiento de los personajes con la realidad

Si bien mantiene una línea como director, Wright presenta una variación en esta oportunidad. Sus personajes experimentan las crisis con mayor seriedad. Comparemos al protagonista Baby con los personajes de Simon Pegg y Nick Frost: es evidente que esta dupla se conduce por el terreno de la caricatura, donde los conflictos se atraviesan sin demasiada introspección, mientras que Baby sí se muestra más afectado por sus emociones.

Para ello, es clave el registro actoral al que apela, su carácter histriónico se mezcla con una psicología realista, configurando así su identidad performativa. El mismo chico que escucha música a todo volumen para escapar frenéticamente de los atracos bancarios que vemos en el film, es también un muchacho silencioso, que experimenta cierta nostalgia y que se debate moralmente día a día por su oficio.

Baby remite, en algún grado, a la juventud conflictuada de “Rebelde sin causa” de Nicholas Ray o de “Days of being wild” de Wong Kar Wai. A la primera, por la idea del muchacho herido y necesitado de afecto; al segundo, por las manías pequeñas que componen al personaje: el casette con el nombre de su madre, su colección de ipods o su compulsivo consumo de música.

Baby Driver se configura como una cinta sólida y representa la frescura que el cine estadounidense no debe olvidar nunca.  

Mira el trailer y no dejes de ver este film. 

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