Dos piernas para caminar y una vida para cantar

En el escenario más grande, Sergio y su familia cantan y encantan. Peregrinan por el mundo transmitiendo el mensaje de fe y libertad que decidieron tomar hace quince años. En la calle nadie es inmigrante.

El recorrido había comenzado desde la avenida Tacna, tenía pactado un encuentro en la Plaza de Armas. Era mediodía de un sábado de primavera, el sol brillaba sin molestar y un halo dorado bañaba los cuerpos de ambulantes que abordaban a cuanto peatón, auto y carroza pasara frente a ellos con la firme convicción de vender sus productos. Caminaba por el Jirón Ucayali con dirección al más concurrido  jirón del centro.

“Los caminos de la vida

no son lo que yo pensaba

no son lo que yo creía

no son lo que imaginaba”

Se escuchaba una voz gruesa junto a otras más tenues que cantaban en conjunto. Aún faltaba media cuadra para llegar al Jirón de la Unión, por lo cual no se divisaba  a los cantantes, sin embargo, los recuerdos no tardaron en llegar.

Habían pasado varios años pero era sencillo reconocer la voz del gaucho que conocí y que amablemente me presentó a su familia. Me faltaban unos metros por llegar y veo cruzar a tres niños, cada uno corría tras del otro con una alegría contagiosa. La iluminación a esa hora del día formaba unas sombras perfectas que se dibujaban en el  asfalto, era la misma escena pero en distinto ángulo.

Un hombre con el cabello y barba larga se acercó a ellos y se unió al juego en plena calle sin importar la diferencia de edad. Si bien físicamente se veía distinto la actitud era la misma, era Sergio. “Claro que me acuerdo, que gusto volver a verte”, me dijo cuando me acerqué. Luego de cuatro años, él me volvía a recibir con su sonrisa inamovible, una esencia de niño grande que cubría con el vello facial.

***

Nativos de Argentina recorren el mundo junto a sus siete hijos cantando y predicando su fe. Luego de un viaje por Brasil y Ecuador volvieron al Perú de paso, sin embargo, los desastres ocurridos durante los primeros meses del año obligo a quedarse un tiempo más prolongado aunque ellos constantemente están de paso su estilo nómade de vivir los empuja a estar en continuo movimiento. Los conocí en el Jirón de la Unión, reconocido desde la antigüedad por la afluencia de personajes aristócratas y hoy famoso por su pasado y conveniente para el comercio de ropa, comida y talento.

Cuatro años atrás, un reportaje universitario me empujó a contar una historia, una vida o tal vez una familia. La tarea no era tan sencilla, la fama del Jirón volvía escasas las historias no contadas; sin embargo, la calle nunca se detiene, nunca duerme y no discrimina, no existen inmigrantes en ella.

Era sábado cuatro de la tarde, los rayos de sol sometían a los peatones levemente, quienes caminaban con la rapidez y convulsión que caracteriza al limeño de a pie. Siempre con el tiempo justo, estresados, distraídos y en muchas ocasiones agresivos. Un hombre con máscara de spiderman y un maniquí en la mano perseguía a peatones. Fue la primera vez que vi a la multitud sentirse más segura lejos del héroe que cerca de él.

Entre el mar de piernas apareció un niño de cabellos dorados, ojos claros y con las mejillas algo sucias. Sus ojos describen la felicidad e inocencia que con el pasar de los años vamos perdiendo. A lo lejos, una voz ronca gritaba un nombre que hacía salir al pequeño del trance hipnótico en el que había entrado viendo al spiderman limeño. Se dio media vuelta y emprendió la carrera con dirección a la Plaza de Armas. Seguí su camino y fue cuando me topé con una familia numerosa en pleno concierto callejero. No necesitaban micrófonos o parlantes, el sonido que generaban sus voces al cantar era suficiente. Al ver la imagen frente a mí estuve seguro que la historia que buscaba había llegado.

***

Lo conocí mientras jugaba en el suelo al caballito con sus hijos y ahora nuevamente hacía lo mismo. Sergio tiene un encanto particular, a pesar de que ahora luce desaliñado físicamente, mantiene esa mirada pícara, que fijaba cuando hablaba siempre acelerado y de forma algo escandalosa. La calle no solo era el escenario de su espectáculo sino su salón de juego, sin importar las miradas prejuiciosas se tiraba al suelo a jugar con sus hijos.

En el pasado, solo eran cinco niños los que lo acompañaban y uno en la espera de cumplir los nueve meses para poder ver la luz. Hoy la familia ha crecido, al igual que los niños, siempre juguetones y joviales. Me comentó que les fue muy bien por Brasil. Cassia, la mayor de sus hijos, había aprendido a grabar y editar videos, que luego subía a las redes sociales con lo que les había permitido hacerse un poco más conocidos. “Soy autodidacta y mis hijos siguen mis pasos”, me respondió cuando le pregunté cómo había aprendido su hija tan detallada labor audiovisual.

Mientras conversábamos, Silvina, su esposa, detenía los cantos para tratar de apaciguar a Dimas que no paraba de llorar. El pequeño tenía nacionalidad brasileña, había nacido en Sao Paulo durante el tiempo que estuvieron en el país vecino. Era emocionante ver el rostro de quien conocí en la barriga de Silvina.

Dentro de la vida cotidiana que vivimos, pensamos que las comodidades que podemos tener son indispensables; sin embargo, lo único indispensable en esta vida es el amor.

Me contó sobre sus viajes, y lo mal que vieron las ciudades del norte producto de las lluvias al inicio del año. Cuando regresaban de Ecuador tuvieron que pasar un mes encerrados en Trujillo sin poder continuar su viaje camino a la capital. Sin embargo, ni él, ni su esposa, ni ninguno de sus hijos cayeron enfermos. Por suerte, fe o protección ninguno sufrió los estragos de las infecciones que atacaron las ciudades de la costa.

Si bien no habían pasado mucho tiempo, debía continuar mi camino. Me encontraba sobre la hora, así que me despedí deseándoles mucha suerte, no sin antes pedirles una foto. Sergio entró al restaurante de comida rápida que tenía al lado y desde la puerta rugió: “Jesé, Hércules, salgan a tomarse una foto”. Los pequeños con signos de haber puesto empeño en jugar salieron corriendo a unirse a los otros tres hermanos que correteaban en la calle.

La familia peregrina se despedía con una sonrisa, me sentía agradecido de que compartiera un poco de su vida conmigo y me dejaran retratarlos. “Pobres niños”, “deben ser fumones esos padres”, “cómo van a cantar en la calle”, “qué triste esa vida”; eran algunas frases que los parroquianos decían en voz baja mientras veían sonrientes el espectáculo. Deberíamos disfrutar más y juzgar menos, pensaba en ese momento. Casia, Jesé, Gamaliel, Hércules, Naaman, Jesús, y el pequeño Dimas (que no habla pero estoy seguro que también lo piensa) están sanos y felices con sus padres. Las dos veces que nos vimos me lo demostraron. Dentro de la vida cotidiana que vivimos, pensamos que las comodidades que podemos tener son indispensables; sin embargo, lo único indispensable en esta vida es el amor.

 

Noticias Relacionadas

Hablemos de sexo anal: 5 cosas que debes saber

ASMR: el arte de las cosquillas cerebrales

Trans Historias: Despertando voces desde el teatro testimonial